A unas cuatro cuadras de mi colegio, tontamente fui con media hora de adelanto, pero las escaleras.. Las escaleras me jodieron la vida. Como en la sala de baile no habían baños, solo vestidores hombres y mujeres, ni loca iría. Prefería si que sí romperme una pierna en la escalera que estar toda avergonzada con las miradas despreciables y yo sin nada con qué defenderme. Estaba con mi ropa de deporte y lo único que esperaba que no fuera Pedro, le rogaba a Dios que ese no viniera por nada del mundo.
En las banquitas estaba Ignacia con una sonrisa en la cara, Alexa un poco seria, típico de ella.. . Temblaba cada vez que daba un paso, mis polainas eran grandes y se me caían a cada rato. Pusieron el CD, y lo hice, tambalié varias veces pero casi ni se notó.
Las tontas de la banquita, me adularon como pudieron. Pensé que quizás exageraron un poco, y quise tomar una ducha en los baños de ahí mismo así que ellos me esperaron en la heladería que quedaba a una cuadra de la Academia. Bajé las escaleras con cuidado, estaba mas temblorosa que nunca, todavía no sé porque! Me sentía orgullosa de mi misma, aparte de hacer bien mi coreografía sobreviví hasta las duchas pero aún me faltaban dos pisos para terminar la etapa. Estaba duchada, con mi aroma a Hot sentation, que me había regalado mi mamá en mi cumpleaños, con una ropa casual y mucho mas tranquila. Por una de las ventanas del baño vi unas gotas que corrían por la ventana. LLOVÍA! me apuré, creo que se me quedó un calcetín. No importa, bajé lo más rápido que pude, no quería mojarme, Alexa era la única que tenía paraguas y me mataré si no la encuentro(pensé)
Vi que la lluvia era indefensa, abrí la puerta de vidrio y la lluvia me pegaba en la cabeza como esos dulces que te caían de las piñatas en los cumpleaños de los 7 años. Me volvió el recuerdo.
Entré y era Pablo, saliendo de sus clases de Street dance junto una manada de conocidos que prefiero ni nombrarlos por la verguenza. Casi me desmayo ahí mismo, me saludaron y me puse roja, nombraron mi nombre miles de veces y Pablo me ofreció timidamente su paraguas, no lo acepté con una sonrisa entre vergonzosa, dulce y desinteresada.
Hubiera preferido romperme una pierna.